Durante décadas, los desfiles de lencería fueron sinónimo de fantasía, cuerpos inalcanzables y brillo excesivo. Sin embargo, detrás de la perfección había una maquinaria de exigencias extremas, rutinas imposibles y una estética que empezó a perder vigencia frente a una audiencia más consciente.
El espectáculo que alguna vez definió los estándares de belleza femenina ahora intenta reconstruirse desde una mirada más empática y diversa. En su nueva versión, las modelos ya no solo desfilan: sonríen, interactúan y muestran personalidades distintas. La pasarela se transforma en performance, una experiencia escénica que busca contar historias y conectar emocionalmente con el público.
Los primeros cambios comenzaron cuando la marca enfrentó una fuerte crisis reputacional. Comentarios de sus directivos, la falta de inclusión y los métodos de preparación de las modelos generaron rechazo. Lo que antes era símbolo de glamour se convirtió en ejemplo de desconexión con la realidad.
Las claves del cambio actual:
- Diversidad corporal: nuevos biotipos, maniquíes de distintas tallas y representaciones reales en tiendas y pasarelas.
- Empoderamiento femenino: el foco ya no está en la mirada masculina, sino en la autenticidad y la seguridad de cada mujer.
- Rebranding visual: tonos más neutros, iluminación cálida y comunicación más emocional sustituyen el fucsia y el brillo exagerado.
- Artistas invitados: figuras globales como Karol G aportan un toque latino y una visión contemporánea del poder femenino.
- Estrategia mediática: se busca recuperar el interés digital a través de streaming, redes sociales y formatos más narrativos que comerciales.
El cambio no solo responde a una necesidad de imagen, sino a una demanda social: las mujeres ya no quieren ser espectadoras de un ideal, sino protagonistas de su propia historia.
El resultado será medido no por el glamour del show, sino por su capacidad de inspirar nuevas conversaciones sobre belleza, identidad y representación.

