En El Mundo de Cabeza, el especialista en neurociencias Daniel Sánchez Paz y Miño abordó un tema incómodo, pero necesario: las apariencias.
Bajo la premisa "las apariencias no engañan, estorban", el experto explicó cómo sostener una imagen falsa no solo afecta la percepción social, sino que también tiene un costo real para el cerebro, la salud mental y hasta las finanzas personales, especialmente después de los 40 años.
Daniel parte de una idea clave: las apariencias son constructos que cada persona va diseñando para encajar en determinados grupos. Entre los 15 y 25 años, esta búsqueda es relativamente normal.
En ese periodo el lóbulo frontal aún no está completamente desarrollado, y es esperable que los jóvenes experimenten con formas de hablar, vestir y mostrarse para probar identidades posibles y ganar aceptación.
El problema, explica, aparece cuando este juego adolescente se extiende mucho más allá de lo razonable. Pasados los 40 años, el cerebro ya no tiene la misma energía ni plasticidad para sostener personajes que no corresponden con la verdadera identidad.
Desde la neurociencia, mantener una apariencia implica un alto consumo de glucosa: hay que recordar qué se dijo, cómo se actuó, qué se mostró, y eso demanda recursos cognitivos constantes.
Además del desgaste mental, las apariencias también pueden convertirse en un riesgo económico. El experto recuerda que, en la adolescencia o juventud, muchas veces es la familia quien absorbe los gastos de "aparentar", pero después de los 40 cada decisión pasa por la propia billetera. Vivir endeudado para sostener un estilo de vida que no corresponde con los ingresos reales es una forma silenciosa de estrés crónico.
Durante la conversación, María Gallardo invitada también en el programa aportó otra mirada: desde la imagen personal, una cosa es construir una marca auténtica y otra muy distinta es disfrazar a alguien para que parezca quien no es. Un estilo que no corresponde al carácter, al trabajo o a la cultura de la persona es insostenible en el tiempo. La clave, dice, es encontrar el "ADN" propio y vestirlo, no imitar el de otros.
Daniel coincide y resume el desafío de la madurez en una misión concreta: pasados los 40, hay que ir en busca de uno mismo. Eso implica definir gustos, talentos, tipo de relaciones que se desean y entorno en el que se quiere vivir. Sobre esa base, la imagen se convierte en un aliado coherente, no en un disfraz cansado.
El especialista advierte que seguir sosteniendo apariencias a esta edad puede alejar a la persona de su verdadera esencia. En lugar de mostrar talentos y capacidades reales, el foco se desplaza a mantener un personaje que confunde a los demás y, con el tiempo, también a quien lo interpreta.
Su recomendación final es directa: bajar la velocidad, revisar la propia historia, preguntar a quienes conocen bien a la persona cómo la ven y comenzar a construir autenticidad desde ahí. Ser coherente con lo que se es, más que con lo que se quiere aparentar, libera energía mental, reduce presión financiera y mejora la salud emocional.

