La presión era enorme, ya que debía reemplazar a Olivia Newton-John en una secuela de un fenómeno cultural que había marcado al cine musical con su éxito rotundo en 1978.
Pfeiffer confesó al pódcast SmartLess que temía no estar a la altura y cuestionaba si el público la aceptaría.
A pesar de la ansiedad, disfrutó bailar y cantar durante el rodaje, conservando recuerdos como su bola de bolos del set.
Aunque la película fue recibida fríamente en su estreno y tuvo una recaudación modesta, con el tiempo se convirtió en un clásico de culto, valorada por su originalidad, los números musicales y la interpretación de Pfeiffer, consolidando su legado como actriz versátil y talentosa.
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