Elegir un vino no siempre depende solo del plato o la estación del año en la que nos encontremos. A veces, la lección refleja algo más profundo: nuestra forma de ser. Igual que cada vino transmite sensaciones únicas, cada persona muestra un carácter que puede encontrar su espejo en una buena copa.
Los vinos tintos, intensos y complejos, se asocian con personas decididas, seguras y apasionadas. Mientras que los rosados se identifican con personas alegres, espontáneas y sociables y los blancos reflejan a las personalidades tranquilas, empáticas y sofisticadas.
Marc Pideux, sommelier, en entrevista para Café Fm Mundo, cuenta que cuando un comensal entra a un restaurante, se puede ver un poco de su personalidad. Por ejemplo, manifiesta que las personas extrovertidas, que les gusta salir de fiesta y con una energía que contagia, les gusta mucho los vinos espumosos. 'Eso va mucho con ellos; refresca al paladar y son personas que les gusta brindar por la vida'. Sin embargo, el vino que se elige no solo se debe a la personalidad, sino a la ocasión o el clima, el maridaje, la compañía.
Ahora, si una persona es más introvertida, elegirá vinos más ligeros, ya que no son muy expresivos. Por otro lado, quienes buscan más pasión, se inclinarán por vinos más dulces. Para aquellas personas que van a un negocio, de carácter más fuerte, irán por vinos con más carácter, por ejemplo, sabernet sauvignon, según detalla Marc.
Un buen vino es capaz de reflejar muchos aspectos sobre su elaboración: su origen, la tierra, la uva y hasta el clima que rodea el entorno del viñedo. De igual forma, nuestro vino ideal, ese que elegimos al momento de la compra, podría reflejar parte de nuestra personalidad, así como el modo en que nos sentimos y los momentos que elegimos para disfrutarlo.

