El regreso a clases no implica únicamente preparar uniformes, útiles y loncheras. También supone recuperar horarios, hábitos y responsabilidades después de varias semanas de mayor libertad. Para niños, adolescentes y padres, esta transición puede generar estrés, ansiedad o resistencia, por lo que anticiparse puede hacer una gran diferencia.
Aurora Díaz, especialista en educación emocional, inteligencia emocional y liderazgo, recomienda comenzar la adaptación algunos días o incluso semanas antes. Adelantar progresivamente la hora de dormir, establecer rutinas y reducir los cambios bruscos permite que el cerebro vuelva a familiarizarse con la estructura cotidiana.
En los niños pequeños, la seguridad emocional ocupa un papel fundamental. Los padres pueden utilizar fotografías, historias sociales y pequeños rituales para explicar cómo será el regreso, quién los acompañará y qué podrán encontrar en el nuevo entorno. La tranquilidad de los adultos también ayuda a que los niños afronten mejor la separación.
Con adolescentes y jóvenes, la estrategia cambia. En lugar de imponer únicamente reglas, resulta útil abrir conversaciones sobre metas, intereses, responsabilidades y aquello que los motiva.
El regreso a clases, entonces, puede convertirse en una oportunidad para fortalecer hábitos, autonomía y bienestar emocional, tanto en hijos como en padres.
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