Amar en la era digital

Esther Perel: "La comodidad está matando el deseo y el amor"

La reconocida psicoterapeuta Esther Perel analiza por qué la Generación Z evita el amor, cómo la tecnología destruye el deseo y qué se necesita para conectar de verdad.

Esther Perel: el amor en tiempos de algoritmos, pantallas y miedo a la fricción
Hay algo paradójico en el mundo actual: nunca se habló tanto de amor, de salud emocional y de relaciones saludables, y sin embargo, nunca fue tan difícil conectar de verdad con otra persona. Esa contradicción es precisamente el punto de partida de una conversación que la psicoterapeuta belga Esther Perel, una de las voces más influyentes del mundo en materia de vínculos humanos, sostuvo con el coach y presentador Jay Shetty en el podcast On Purpose, con motivo del vigésimo aniversario de su libro Mating in Captivity.


Lo que nació de este diálogo no fue un diagnóstico pesimista, sino una radiografía lúcida y urgente de cómo la cultura contemporánea, con su obsesión por la eficiencia, la comodidad y la ausencia de fricción, está erosionando las bases del deseo y la intimidad.


La Generación Z y el miedo a acercarse al otro
Perel abre el análisis con una pregunta que hace a todas sus audiencias: ¿creciste jugando libremente en la calle? Los padres de la Generación Z levantan la mano. Cuando pregunta si sus hijos hacen lo mismo, apenas se ven algunos gestos tímidos.


Esa diferencia no es trivial. Jugar en la calle era, en realidad, un laboratorio social donde se aprendía a negociar, a crear alianzas, a lidiar con el rechazo, a proponer y a ceder. Todo eso precedía al amor. Si esa base no existe, el primer acercamiento romántico, una conversación, una mirada, un "¿puedo sentarme aquí?"se convierte en una prueba olímpica cargada de ansiedad.


Un estudio citado durante la conversación revela que el 45% de los hombres de entre 16 y 25 años nunca se ha acercado a una mujer en público. No porque no quieran, sino porque carecen del músculo social para hacerlo.

Mientras generaciones anteriores comenzaban a explorar el amor a los 15 o 16 años —tropezando, siendo rechazados, aprendiendo—, gran parte de la Generación Z da sus primeros pasos románticos recién a los 24 o 26. Llegan al juego con la inexperiencia de un adolescente, pero con la presión de un adulto que ya piensa en compromiso y futuro.


La ilusión de la conexión digital
Uno de los argumentos más perturbadores de Perel es el de la desencarnación. Vivir pegado a una pantalla no es solo un problema de distracción: es una pérdida sensorial profunda. Cuando alguien dice "hablé con fulano", en realidad quiere decir que le escribió. Pero hablar implica escuchar una voz, y la voz —explica Perel— es el primer sonido que el ser humano escucha en el útero. Sin ella, no se produce oxitocina, la hormona del apego. Sin cuerpo, sin mirada directa, sin el cruce de neuronas espejo que ocurre cara a cara, la conexión es apenas una simulación.


Incluso las videollamadas engañan. En una pantalla, nadie mira realmente a los ojos del otro: cada uno mira su propia imagen. El resultado es un agotamiento inexplicable y una soledad nueva, que Perel define con el término ambiguous loss —pérdida ambigua— acuñado por la psicóloga Pauline Boss: la sensación de que alguien está presente físicamente pero ausente emocionalmente. Es la soledad de estar al lado de alguien que no está del todo.


La fricción como ingrediente del amor
Quizás la idea central de toda la conversación sea esta: no hay historia de amor sin obstáculos. Atracción más obstáculo es igual a deseo, a emoción, a amor. La fricción no es el enemigo de los vínculos; es su combustible.


Sin embargo, la cultura contemporánea ha construido un mundo diseñado para eliminar toda incomodidad. No hace falta salir de casa para trabajar, comer, estudiar o ejercitarse. Las aplicaciones de citas prometen encontrar la pareja perfecta con un deslizamiento de dedo. Los algoritmos de recomendación eliminan la sorpresa. Y la inteligencia artificial ofrece compañía disponible las 24 horas, sin conflictos, sin malentendidos, sin días malos.


Pero esa comodidad tiene un precio altísimo. Lo que alimenta el deseo —la curiosidad, la exploración, el riesgo, lo inesperado— es exactamente lo que la cultura de la eficiencia va suprimiendo. Perel lo dice sin rodeos: "La comodidad mata."


El problema del amor como producto
Otro fenómeno que Perel analiza con agudeza es la transacción romántica. Hoy se habla de "citas intencionales", de listas de cualidades que debe tener una pareja, de compatibilidad algorítmica. Todo eso, dice la terapeuta, tiene algo de útil —la claridad sobre los propios valores es valiosa—, pero carece de lo esencial: la apertura al otro, la disposición a ser sorprendido, la tolerancia a la ambigüedad.


Cuando alguien se sienta frente a otra persona con una lista mental en la cabeza, en realidad no está conociendo a esa persona: está evaluando si encaja en una plantilla. Y el amor —el verdadero— tiene muy poco que ver con plantillas. Surge de la diferencia, de la extrañeza, de descubrir algo inesperado en alguien que al principio parecía familiar.


Además, buena parte del lenguaje terapéutico que circula en redes sociales —"me está gaslighting", "tengo el ick", "trauma bonding"— simplifica experiencias complejas hasta reducirlas a etiquetas. Esas etiquetas pueden generar una sensación de comunidad ("yo también pasé por eso"), pero también pueden impedir que las personas vean la riqueza y la responsabilidad real que implica un vínculo.


Confiar, pedir, recibir: los verbos del amor
Perel propone pensar el amor no como un estado, sino como una práctica. Y esa práctica se articula en verbos: preguntar, dar, recibir, compartir, imaginar, rechazar. Cada uno de esos verbos requiere ejercicio, vulnerabilidad y presencia.


También habla de los cuatro pilares de la inteligencia relacional: confianza, pertenencia, reconocimiento y resiliencia colectiva. Son esos pilares los que dan poder —no el poder sobre el otro, sino el poder con el otro— y los que permiten sentir que se existe dentro de alguien más, que no se está solo aunque se esté lejos.


La confianza, en particular, no es un todo o nada. Se construye en pequeños gestos acumulados, en puertas que se abren, en momentos en que alguien pone el interés del otro por delante del propio cuando nadie está mirando. Y se calibra: se puede confiar en alguien para ciertas cosas y no para otras. Eso no es desconfianza; es discernimiento.


Amor como verbo, no como estado
Veinte años después de Mating in Captivity, Perel concluye que el deseo no cae del cielo. Se cultiva, se cuida, se alimenta con ritual, con creatividad, con presencia. El placer no se programa para las 11 de la noche cuando ya se terminó la lista de pendientes: se elige todos los días.


El amor, dice, no es un estado permanente de entusiasmo. Es un verbo que se conjuga en múltiples tiempos, que se fortalece en la adversidad, que sorprende cuando más se lo necesita. Y querer —desear, necesitar, buscar al otro— no es algo vergonzoso ni anticuado. Es, simplemente, lo más humano que existe.